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Panópticos privados: vigilancia financiera, deuda y disciplinamiento emocional en la vida cotidiana

  • Foto del escritor: Dra. Cristina Iuga
    Dra. Cristina Iuga
  • hace 12 minutos
  • 5 Min. de lectura
Esta reseña reflexiona sobre la expansión de la vigilancia financiera en la vida cotidiana y sobre cómo empresas privadas —bancos, burós de crédito, fintechs y agencias de cobranza— administran dimensiones íntimas que antes pertenecían únicamente al ámbito personal. A partir de un análisis sociológico y de ejemplos concretos, el texto examina la deuda como una forma de disciplinamiento emocional, la moralización del historial crediticio y la construcción de nuevas subjetividades definidas por datos y puntuaciones. El objetivo es mostrar cómo estos mecanismos no solo regulan el acceso a bienes y servicios, sino que también moldean comportamientos, emociones y formas de vida, configurando un régimen de control que opera desde la culpa, el miedo y la vigilancia algorítmica.

Vivimos convencidos de que la privacidad es un derecho fundamental, pero lo cierto es que nuestras vidas están sometidas a un tipo de vigilancia tan constante, silenciosa y eficaz que pocas veces la reconocemos. No proviene del Estado ni de un sistema autoritario, sino de empresas privadas dedicadas a administrar nuestros datos financieros, nuestro historial de pagos, nuestras deudas, nuestras compras, nuestros atrasos y, lo más inquietante, nuestra reputación económica.


El poder que antes imaginábamos en manos del Estado —archivos, expedientes, evaluaciones— ha migrado al terreno corporativo. Hoy, organismos como Buró de Crédito, las empresas de cobranza, las fintech, las aseguradoras, los bancos y las tiendas departamentales poseen una cantidad de información que supera, con creces, la que cualquier institución pública ha tenido sobre nosotros. No es exagerado afirmar que conocen mejor nuestras vidas que nuestros propios familiares.


Esta reseña examina ese fenómeno, no como anécdota aislada, sino como estructura de control moderno, apoyándose en experiencias reales, teorías sociológicas contemporáneas y reflexiones sobre la subjetividad del sujeto endeudado.


I. La deuda como dispositivo de control emocional


Quien ha recibido una llamada de cobranza a las 7 de la mañana sabe que la deuda no es un número: es un estado emocional. No solo te deben dinero: te deben obediencia. No solo te atrasaste: fallaste moralmente.


El tono, las palabras y el ritmo de los agentes de cobranza no buscan recuperar dinero: buscan disciplinar.


Instalan miedo.

Instalan culpa.

Instalan vergüenza.


Byung-Chul Han lo explica con precisión quirúrgica: la sociedad neoliberal no necesita castigo físico; basta con que el sujeto crea que la culpa es suya. La deuda opera así: como mecanismo de autoexplotación emocional. Uno no teme el cobro, sino el juicio. No teme la institución, sino la estigmatización que produce.


Estos mecanismos privados han logrado lo que los sistemas estatales soñaron: que las personas se vigilen y corrijan a sí mismas.


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II. El Buró de Crédito como panóptico contemporáneo


Michel Foucault describió el panóptico como una estructura en la que el sujeto nunca sabe cuándo está siendo observado, pero actúa como si lo estuviera siempre. El Buró de Crédito funciona igual.


No vibra, no llama, no envía correos. Pero está ahí, registrando, acumulando, comparando. Es un archivo vivo que clasifica a las personas según su comportamiento financiero.


Un retraso de 30 días, aunque sea por enfermedad, despido o accidente, queda registrado por años. Una deuda de 600 pesos tiene el mismo valor disciplinario que una de 60,000: ambas afectan tu “moral económica”.


Ya no eres tú: eres tu score. Eres la proyección numérica de tu conducta monetaria.


Y ese número decide:

  • si puedes rentar una casa,

  • si puedes abrir una cuenta,

  • si mereces un empleo,

  • si puedes tener línea telefónica,

  • si eres “confiable”.


No es vigilancia financiera: es vigilancia existencial.


III. Vigilancia sin Estado: el capitalismo de los datos


Si en el siglo XX el Estado era el gran vigilante, en el XXI esa función la han asumido empresas privadas. Gilles Deleuze lo anticipó en su teoría de las sociedades de control: ya no se encierra, se gestiona; ya no se castiga, se evalúa; ya no se interviene, se predice.


Las empresas que poseen nuestros datos pueden:

  • anticipar nuestra probabilidad de endeudarnos,

  • saber cuánto estamos dispuestos a pagar,

  • modelar nuestro comportamiento,

  • predecir nuestras compras,

  • ajustar intereses según nuestra vulnerabilidad.


El sujeto financiero ya no es sólo observado: es calculado. Y esa calculabilidad es una forma de control.


IV. Violencia suave: el acoso como política de empresa


Tomemos una escena cotidiana:

Estás en el trabajo, suena tu teléfono. Una voz desconocida repite tu nombre completo. Después, exige pago inmediato. Amenaza con “visitar tu domicilio”. Te obliga a escuchar una grabación con “procesos legales” inexistentes. Si no contestas, enviarán mensajes a tus contactos, aunque sea ilegal. Si contestas, seguirá el hostigamiento.


No hay golpes, no hay uniformes, no hay cárcel, pero este tipo de violencia tiene efectos reales:

  • ansiedad crónica,

  • miedo de revisar el teléfono,

  • insomnio,

  • culpa,

  • deterioro emocional profundo.


Esta violencia es tan eficaz que no necesita fuerza física: le basta con el poder de invadir tu intimidad emocional.


V. La identidad disciplinada: de ciudadanos a puntuaciones


La vigilancia financiera transforma la subjetividad en score. La vida queda reducida a una secuencia de decisiones económicas: pagaste, no pagaste, te retrasaste, te endeudaste, cumpliste.


El problema no es el registro en sí, sino el carácter moral de esa clasificación:

  • buen pagador → persona ordenada, confiable, responsable

  • mal pagador → irresponsable, descontrolado, sospechoso


Esta moralización crea ciudadanos dóciles, temerosos de fallar, disciplinados por la posibilidad de perder acceso a bienes básicos.

El sistema opera tan profundamente que ya no hace falta vigilancia externa: nos convertimos en nuestros propios vigilantes.


VI. La ilusión del consentimiento


Pedimos un crédito, aceptamos términos que nunca leemos, entregamos nuestros datos como si fueran aire. Las instituciones financieras se apropian de:

  • nuestros historiales,

  • nuestros ingresos,

  • nuestras direcciones,

  • nuestros contactos,

  • nuestras compras,

  • nuestras búsquedas,

  • nuestra ubicación.


Y todo esto ocurre bajo el mito del “consentimiento informado”.Pero no consentimos:aceptamos porque no hay alternativa.

Lo que se llama “consentimiento” es, en realidad, condición de acceso a la vida moderna.


VII. El riesgo de existir fuera del sistema


¿Qué pasa si decides no tener crédito?¿Qué pasa si te retrasas una vez?¿Qué pasa si no tienes historial?


Te vuelves invisible. Y la invisibilidad económica no es libertad: es exclusión.

Sin historial, no puedes acceder a:

  • alquiler formal,

  • planes telefónicos,

  • ciertos trabajos,

  • cuentas bancarias,

  • servicios de pago.


En un mundo diseñado para ciudadanos bancarizados, quien está fuera del sistema financiero queda fuera de la ciudadanía efectiva.


VIII. Conclusión: hacia una sociología del miedo financiero


Las empresas privadas se han convertido en arquitectos de la intimidad.Saben cuánto ganas, cuánto debes, cuánto gastas, cuánto ahorras, cuánto te atrasas.


Saben cuándo estás vulnerable.

Saben cuándo tienes miedo.


La deuda, más que una obligación económica, opera como tecnología de control. Y mientras creemos que elegimos libremente, las instituciones calculan, predicen, evalúan y deciden por nosotros.


No estamos vigilados por un Estado autoritario. Estamos vigilados por nuestros propios historiales.


La pregunta esencial, profundamente sociológica, es:


¿Cómo recuperar la autonomía cuando la vigilancia se internaliza, cuando la moral se privatiza y cuando la culpa se vuelve un método de gobierno?


Responderla es urgente.


 
 
 

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